Ta léme, ogro tierno
Bolitas de vidrio y preguntas de un hijo sobre la muerte. El lujo de vivir lento. Lo único es el presente, hasta que no lo tenemos más.
El lunes llevaba a Lorenzo en la bici por las calles de Cambridge, donde acabamos de mudarnos. Mientras íbamos a una oficina de la Universidad de Harvard, imaginaba nuestra vida familiar en Boston en los próximos diez meses.
En un semáforo en rojo, de pronto, Lorenzo me sacó de mi mundito. A sus seis años, las conversaciones aún vienen sin preámbulos. No hay aviso, dispara preguntas con urgencia.
- ¿Conocés a alguien que haya muerto acá, en Estados Unidos?
- No, nadie.
- ¿Y en Grecia?
- No estoy seguro.
- ¿Pero te parece que sí, que conocés a alguien que se murió en Grecia?
- Puede ser, creo que sí... No me acuerdo quién.
Sí lo recordaba. Pensaba en un bebé, la hermanita de una compañera de Lorenzo del jardín, que tuvo una muerte súbita en la cuna mientras dormía. Ocurrió cuando Irene estaba embarazada de León. Pero no quise traer ese recuerdo.
Horas después, entre bocado y bocado de la cena, Lorenzo lanzó:
- ¡Papá! ¿Lloraste cuando tu papá murió?
- Sí.
- ¿Y cuando tu mamá murió?
- Claro, sí, también. Mucho las dos veces.
- ¿Y quién te cuidó cuando ellos murieron?
- Nadie, ya vivía solo.
- ¿Y por qué lloraste? ¿Eras chiquito?
- Las lágrimas no son solo cosa de chicos, los adultos también lloramos.
- ¿Y cómo era tu papá muerto? ¿Cómo son las personas muertas? ¿Igual que cuando están vivas pero dormidas?
Pensé en decir que se enfrían y luego desaparecen. Que la muerte de quienes amamos, esperada o no, siempre se siente repentina y trae un baúl de emociones. Que presenta un abismo definitivo, inabarcable, una primera sensación de no hay retorno. Que detrás de la muerte, se empiezan a borronear las historias y se condensa la propia narrativa de la vida compartida con esa persona que ya no está. Pero sólo dije que sí, que se duermen, que se apagan. Me hubiera gustado entender los miedos de Lorenzo, sus preocupaciones.
A la mañana siguiente, me desperté con un mensaje desde Grecia: “Tengo una noticia triste. Tu vecino falleció ayer en el trabajo. Un infarto”.
Panos vivía solo. Era grandote, tenía la voz espesa y rasposa. Tosía casi tanto como sonreía. En una historia para niños, podría ser un ogro tierno. De los cinco años que fuimos vecinos en Agia Marina, pese a no tener conversaciones profundas, solo guardo buenas memorias suyas. Por su actitud campechana, por su espíritu cooperativo. También porque era cariñoso con mis hijos, que al verlo, gritaban: “¡Panoooos!”. Y él se alegraba: “Γεια σου γεια!”.
Nos habíamos prometido hacer un asado en nuestra casa. “Llevo rum”, dijo Panos. Nunca se concretó. Cuando alguien se va, los recuerdos emergen como hongos tras la lluvia: no se sabe dónde saldrán ni si serán comestibles, venenosos, tóxicos… Aparecen anécdotas, conversaciones inconclusas, preguntas no hechas, dudas perpetuas, abrazos que el cuerpo recordará, agradecimientos que ojalá haya sentido. Todo eso junto y más.
La última vez que vi a Panos fue unas semanas antes de mudarnos a Cambridge. Me pidió ir a su casa para mostrarme el sistema contra incendios, por si alguna vez podía activarlo en su ausencia. Ese día le regaló unas bolitas de vidrio a Lorenzo: “Eran de mi hijo”, comentó, afectuoso, al entregar un tesoro y despedirse: “Γεια σου! Τα λέμε!” (¡Chau! ¡Nos vemos!).
Las bolitas están con nosotros en Cambridge, donde aterrizamos hace una semana y estamos organizando esta nueva etapa. Nunca planeé vivir en Estados Unidos ni tomar clases en Harvard o MIT, que apenas sabía dónde estaban.
Pero aquí estoy ahora, gracias a una beca de Irene, decidiendo qué cursos haré y con qué académicos me sentaré para un café. Quiero exprimir al máximo esta experiencia vertiginosa. Mientras, la vida a mi alrededor me recuerda que de golpe todo puede terminar, que los abrazos no dados no están garantizados y que las postergaciones de hoy pueden ser eternas.
…
La curiosidad cruda de mi hijo sobre la muerte me habla incansablemente. Hasta que Lorenzo grita “¡Tengo hambre!”, y eso es lo único que le importa: el ahora, el presente.
Al observar la urgencia de los chicos por vivir el instante, me repito el cliché de que sí, el presente es lo único que realmente tenemos. Hasta que no lo tenemos más.
¿Es también una invitación a entender y aprender a vivir lento, algo que leí que ahora es un lujo y hasta una resistencia revolucionaria ante un mundo desbocado? ¿Y al final, qué nos queda? Lo que logramos habitar, y lo que no. Los asados compartidos y los pendientes. Los abrazos, las charlas de sobremesa, las sonrisas, las tristezas y las bolitas de vidrio.
Se ve que la muerte a veces nos visita cerca para insistir en recordarnos algo que se nos escapa: que todo termina en cualquier momento. En Agia Marina, Cambridge o donde sea. La fragilidad y lo fugaz de la vida nos miran a los ojos, invitándonos a calibrar las prioridades.
¿De dónde vendrán las preguntas de Lorenzo en la bici y en la cena? Supongo que de la intriga por lo desconocido, sus fantasmas y temores por las pérdidas. Lo suyo, pareciera, es el misterio de la muerte antes de naturalizarse. Y su curiosidad me repite que aunque la naturalicemos, la muerte no sólo permanece a un latido de distancia sino que sigue siendo un misterio.
La muerte deja un espacio, un lugar para ocupar de otro modo, con una perspectiva en permanente cambio. Si no, será un vacío.
Ojalá, decimos con Irene, podamos hacerle más espacio a la lentitud. “La respuesta no es acelerar sino vivir lento”, leo en una pared, lo que interpreto como una plegaria para saborear la vida mientras se puede. Tal vez vivir sea eso: coleccionar bolitas de vidrio, jugar con ellas, disfrutarlas y no dejar de cuidarlas, antes del silencio misterioso.
Esta no fue la primera vez que hablé con Lorenzo sobre la muerte. Hace dos años, ante sus urgentes y crudos comentarios, escribí un texto que también tiene tips sobre cómo hablar de la muerte con los niños.
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