Me cuesta respirar
Del camping a urgencias del hospital. Temores, cuidados y lo solitaria que puede ser la paternidad. Piedrazo, medusa y un diagnóstico que no llega. Agotamiento, incertidumbre y ajedrez. ¿Y la mamá?
“Papá, me cuesta respirar”, me dijo Lorenzo el lunes a la mañana, después de cuatro días con dolor de cabeza, mareos persistentes y una molestia en el oído.
Lo que empezó como una picadura de medusa en la playa terminó otra vez en urgencias del hospital, navegando dudas: ¿puede un piedrazo en la cabeza, una otitis mal curada o una reacción alérgica ponerlo en peligro? ¿Cuándo la información se convierte en una preocupación exagerada que nos inquieta de más?




Pensaba escribir sobre diversos temas, pero la vida privada me pasó por arriba. Y luego entendí que, aunque fue una experiencia personal, en el fondo fue algo universal.
Podría haber sido grave, pero no lo fue —interminable incertidumbre mediante. Aún así, la última semana mi tiempo estuvo dedicado completamente a mis hijos, y cuando se durmieron, yo también lo hice. No podía más.
La semana pasada acampamos en la playa de Rovies, en Evia, una isla a una hora de Atenas y el primer lugar donde vivimos al llegar a Grecia en 2020.
Lorenzo, de seis años y medio, se mareó en la ruta el martes, pero al llegar a Rovies estaba bien y, con una red en manos, se pasó el atardecer sacando medusas del mar con otros dos nenes que conoció en la playa.
El miércoles, mientras jugaba con tres adolescentes en el agua, a Lorenzo le picó una medusa. Aprendimos qué hacer: lavar con agua salada, no con agua corriente, y usar bicarbonato de sodio con vinagre. Si la reacción es demasiado fuerte, ir a urgencias.
El jueves, León —hermano menor, de dos años y medio— le pegó un piedrazo en la cabeza a Lorenzo durante una pelea por la propiedad de una piedra grande. Irene y yo estábamos en una reunión. Los chicos estaban con una amiga que acampaba con nosotros. Me quedó la duda de qué tan fuerte había sido el golpe.
Desde ese día, es decir, desde el jueves, Lorenzo empezó a decir que se sentía mareado y con dolor de cabeza. El sábado en la madrugada, Irene salió de viaje. Cuando los chicos se levantaron, Lorenzo se sentía peor.
Su pediatra, que hacía un mes le había dado antibióticos a Lorenzo por una otitis, recomendó tenerlo en casa el fin de semana: nada de pantallas, playa, sol ni actividades donde pudiera golpearse. Así que jugamos mucho al ajedrez, su nueva pasión. Es interesante verlo jugar contra sí mismo cuando yo me tomo un descanso.
Pero no me gustaba el panorama. Aún me cuesta pensar que todo el fin de semana no tendré tiempo para otra cosa que perseguir a mis hijos, programar la comida de la semana, organizar la ropa, etc.
Es un túnel con algo de la pandemia: varios días forman un bloque que se siente como un único día interminable porque las horas se funden sin corte. Incluso cuando me acuesto a dormir, se levanta uno para pedir agua, otro porque quiere ir al baño y de nuevo el anterior porque algo le pasa.
Pensaba que para el lunes Lorenzo ya estaría recuperado y yendo al summer camp, la colonia de vacaciones. Pero no. Amaneció con el mismo dolor de cabeza, molestia en el oído y mareos, a lo que sumó: “Papá, me cuesta respirar”.
Buscar información en Internet no me ayudó mucho: pérdida auditiva, problemas en el habla y desarrollo del lenguaje, infecciones más graves en la cabeza, conmociones cerebrales o lesiones cerebrales más serias, y el veneno de algunas medusas pueden requerir atención médica urgente.
Es clara la utilidad de informarse, pero si no hay límite, termina siendo una mala idea: potencialmente, todo puede ser peligroso o terminar en una tragedia . ¿Cuánto influye todo esto en nuestra narrativa del miedo en este y otros temas?
La preocupación creció. ¿El piedrazo lo habrá afectado? ¿La medusa puede tener un efecto posterior? ¿La otitis no quedó bien curada? Su pediatra me dijo que debía llevarlo a otra, porque ella estaba de vacaciones pero Lorenzo debía ser examinado.
Después de dejar a León en el summer camp, pasé la mañana del lunes buscando un pediatra. Llamé a una docena y estaban de vacaciones o no atendían ese día. Hasta que encontré uno, que lo vio bien pero nos derivó al Hospital de Niños de Atenas, a una hora de casa, para descartar un daño por el piedrazo.
En la sala de espera empecé a escribir este texto. Era lunes por la noche y ya no me quedaba otro momento para hacerlo.
Mientras veía a otras madres —sobre todo, madres— y padres cargando a sus hijos, a veces entre alaridos, la situación me hizo mirar más allá del episodio personal. Reflexioné sobre lo exigente que es criar en soledad, sin redes de cuidado cercanas y extensas, en un modelo de familia nuclear sostenido a fuerza de esfuerzo y cansancio.
A la demanda física de la paternidad y las noches mal dormidas, se suma el ruido mental y una incertidumbre que puede resultar abrumadora. Las preguntas sin respuestas. La ansiedad por el exceso de información.




En el hospital, el cirujano no encontró nada. Igual pidió una radiografía, que salió bien. Pero Lorenzo se sentía igual de mal, con los mismos síntomas. Nos derivaron a una pediatra, que resultó muy expeditiva. Ella no veía motivos para que Lorenzo estuviera en el hospital y me despachó en menos de un minuto.
—¿Estás seguro de que le estás dando una dieta adecuada?
—Sí, sí, come normal, come bien. También toma mucha agua.
—¿Y dónde está la madre?
—De viaje. Vuelve mañana a la noche.
—Bueno, ahí está: mañana a la noche ya se sentirá mejor.
Consideré preguntarle qué diría si la madre estuviera muerta: ¿tendría que esperar a que resucitara? ¿Y si Lorenzo tuviera dos papás? Preferí enfocarme en que Lorenzo no tenía nada grave ni cercano a las posibilidades trágicas de Internet.
Era tarde. Pero en vez de regresar directo a casa para dormir, fuimos a comer souvlaki a la esquina del hospital. Jugamos una partida de ajedrez. Al día siguiente, Lorenzo amaneció mejor, recuperado. Su madre aún no había vuelto.
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Custodia compartida, ¿qué pasa tras un divorcio?
Hoy viajo con Irene. Para irnos dos noches, dejamos a nuestros dos hijos en casa con una niñera y amigos, además del campamento de verano en un espacio comunitario gestionado por otros amigos.


Por favor contanos cómo sigue Lorenzo y fuerzas!
Imagino la desesperación. Y esas actitudes medicas que parece muchas veces son universales y no ayudan en mucho...
Qué bueno que esté mejor. Muy bueno el relato, gracias por compartirlo desde un lugar tan sincero!! Y el ajedrez ♟️🫂