Galaxia inexplorada
Sexualidad, homosexualidad, adolescencia y curiosidad. Sea lo que sea que dejemos de hacer, se convierte en un dejar de sentir porque sentir también es de maricón.
Al escuchar “Vigo”, me vienen imágenes inmediatas y superpuestas. Una es bastante inútil: Viggo Mortensen y San Lorenzo. No sé casi nada del actor ni soy hincha del Cuervo, así que queda ahí. Luego aparece otra imagen, intensa, acompañada de una sensación y de una historia en la ciudad española que pocas veces conté con detalles.
Si presto atención y no lo ignoro, puedo sentir una caricia en mi muslo derecho. Tengo 21 años, estoy en la ciudad gallega de paso por unas horas y, justo encima de mi rodilla, la mano que me toca sin permiso es la de Paco, un tipo de unos 40 años que se las ingenió para llevarme a su departamento. Hoy parece claro, pero en su momento, esa mano no la vi venir.
Al escuchar Vigo, también me viene el Celta y el Chacho Coudet. El fútbol, aunque no juego hace años, es un GPS histórico, geográfico y emocional. También es una manera de decirles cosas a amigos y a mis hijos. Sí, el fútbol como metáfora. Volviendo a Vigo, más intenso que el fútbol es lo que pasó en ese departamento.
La historia, brevemente, fue así. En 2002 me fui a vivir a Mallorca, donde estuve casi un año. Antes de regresar a Buenos Aires, pasé un mes viviendo en Orense y entrenando en el Quiroga, un equipo de fútbol de tercera regional en Lugo, otro pueblo gallego. Como mi vuelo para Mallorca salía desde Vigo, aproveché el día para visitar la ciudad. Tengo muchas imágenes nítidas.
¿Te apetece?
Llueve. Deambulo en busca del Casco Viejo. Estoy en medio de un puente intentando orientarme. Tengo un mapa en la mano, porque es 2003 y Google Maps no existe. Estoy perdido. Un hombre que viene de frente me cubre con su paraguas y me pregunta dónde quiero ir. Dice que él también va al centro histórico. Charlamos y se ofrece a mostrarme la ciudad. No veo motivo para rechazarlo.
Es mediodía. Me dice que se llama Francisco, que tiene dos hijos adolescentes y que ya superó el divorcio de hace tres años. Le digo que me recomendaron comprar orujo de café en Vigo, un licor tradicional gallego.
De repente, Francisco me pregunta: “¿Te apetece entrar?”, señalando unas cortinas de plástico. La puerta de la casa está abierta y hay una chica con poca ropa adentro. “Vamos, ¿te apetece?”, insiste. Estamos en una calle adoquinada y cuando entiendo, digo que no, gracias, que no quiero pagar por sexo. Prefiero ir a almorzar.
¿Por qué no pruebas y eliges?
Francisco sugiere ir a un bar que frecuenta. Nos sentamos al aire libre. Pedimos cervezas, pinchos de tortilla y quesos. La charla fluye. Me cuenta sobre la transformación de la ciudad y su progreso laboral. Está contento porque, tras el divorcio, pudo comprar un departamento en un barrio que tenía mala fama pero que ha mejorado.
Le cuento que entrené pero no pude jugar al fútbol en el Quiroga porque estoy ilegal. Que en Orense había estado saliendo con una chica, pero sus padres no sabían nada. Luego le hablo sobre mis planes de volver a Buenos Aires para terminar mi carrera en periodismo. Estoy pensando en dónde comprar orujo, y le pregunto si me recomienda el de café o el de hierbas.
—¿Y por qué no pruebas los dos y eliges? Tengo uno muy bueno, del pueblo de mis padres. De paso, conoces el barrio donde vivo, que está aquí cerca.
Lo recuerdo perfectamente. En ese momento, todo me pareció normal. Así que fuimos a su departamento. Puse a cargar mi celular (solo para SMS y llamadas, no había teléfonos inteligentes) y me senté a probar los licores. No me gustaron, no soy de aguardiente. Él hizo fondo blanco de las dos medidas que se sirvió.
Le pregunté cómo ir al aeropuerto. Se sentó a mi lado y con su índice derecho señaló la parada del autobús en el mapa. Mientras me explicaba, llevó su mano izquierda detrás de mi espalda y la apoyó en mi hombro. “Ehhh… mmm… no, no”, dije, tenso, apartándolo.
Como si nada, siguió dándome indicaciones y enseguida insistió. Me acarició la pierna y volvió a abrazarme. Me puse más nervioso, no sabía qué hacer. Nunca había estado en una situación similar. Le corrí la mano, me paré y le pregunté dónde estaba el baño.
El mismo paquete
A mis 21 años, jamás había dudado sobre si me gustaban las mujeres o los hombres. Ni siquiera me había hecho esa pregunta. Hoy, a los 43 años, es una cuestión que, en un sentido, me parece más compleja. La orientación sexual no es algo que uno elige, ¿pero qué pasa con lo que uno se permite explorar sexualmente?
La sexualidad masculina parece ser una galaxia inexplorada, como dice un amigo. En un punto, eso es fácil asociarlo al temor que tenemos con la homosexualidad. Es un fantasma desde la infancia, con una amenaza resumida en: “No hagas esto porque eso es de puto”.
Ese “eso”, sea lo que sea que dejemos de hacer, se convierte en un dejar de sentir porque sentir también “es de puto”, es decir, de débil y frágil; y no de hombre. Es ingresar en un territorio blando donde el hombre se pierde y tiene temor.
El amigo, que me lleva once años, me dice: “Imagínate entonces la distancia a encontrarse y ser fiel a lo que deseás. Por eso el terror y el tabú, ¿no? Todo forma parte del mismo paquete de los hombres, que tenemos una incapacidad para conectar, para abrazar el dolor, la debilidad, la duda. ¿Cuál es el problema si un día te enfiestaste y pasa algo con otro flaco? ¿Qué tiene? ¿Cuál es? Para la mujer no es una derrota cultural si está con otra mina, ni ahí. ¿Y nosotros? ¿Por qué tiene que ser un tabú, un problema?”.
Una respuesta está en lo que dice la poeta y cineasta Lucía Lubarsky: “Hay muchas puertas que si las pasás queda en riesgo tu masculinidad. No pasa lo mismo con la mujer, que no pone en crisis su condición de mujer si le gusta otra mujer. Estamos atravesados por partituras, pero mientras las mujeres las fuimos reescribiendo al repensarnos mucho, los varones todavía siguen con la versión clásica”.
¿Me gusta este tipo?
Pero esto lo escribo ahora. Antes, en mi infancia y en mi adolescencia no tenía idea, el aire a mi alrededor era otro. Era una época en la que ser gay era reprobable y una condición mental “curable”. Recién en 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) excluyó a la homosexualidad de la lista de enfermedades.
Crecí en un barrio conservador, en una familia religiosa. Fui educado en un colegio de curas y exclusivamente de varones, donde mis compañeros sospechosos de ser gays eran objeto de burla. Me intriga saber cómo fue para ellos atravesar esos años entre tantos adolescentes obsesionados por mofarse de los “putos” y, a la vez, mirar juntos revistas porno a escondidas.
Me alegra ver en redes sociales a un compañero del colegio con una pareja gay. Entre otras cosas, será porque imagino que logró liberarse y hacer lo que siente, y eso me da menos remordimiento por no haber hecho nada para evitar esas burlas.
Volviendo a Vigo, sin ser consciente de todo esto, pero cargándolo igualmente, recuerdo estar en el baño de Francisco y, agitado, mirarme al espejo para preguntarme: “¿Cómo terminé acá? ¿Me gusta este tipo? ¿Quiero coger con él? Si le digo que no, ¿se va a poner violento? Si me vuelve a tocar, ¿lo tengo que cagar a trompadas?”. Fue todo rarísimo.
Salí del baño y le dije a Francisco que me iba. Agarré mi teléfono y mi campera. Caminé hacia la puerta. “¿Ya te vas?”, sonrió él. Se acercó para darme un papelito y, guiñándome un ojo mientras me estrechaba la otra mano, dijo: “Dime Paco, ya somos amigos, ¿vale? Este es mi número. Cuando quieras, vienes y la pasamos bien. Llamamos unas chicas, tomamos unas copas y todo eso”.
…
¿Y si hubiera sido mujer?
Recién a inicios de 2017, durante un almuerzo con una pareja de periodistas, entendí algo que no había considerado en absoluto. Como ella es de Galicia, mencioné mi anécdota en Vigo. Y ella comentó: “Eso nos pasa a las mujeres todo el tiempo. Imagínate si hubieras sido mujer en esa misma situación”.
Para entonces, Ni una menos llevaba dos años en Argentina. Recuerdo que esa primera marcha de 2015 fue subestimada por un jefe en un medio donde trabajaba, pero igual dimos la noticia de esa manifestación masiva. Sin embargo, aún lo veía como un problema de otros, me quedaba lejos. Hasta que esta periodista gallega hizo ese comentario y mi perspectiva cambió.
Entonces, volví a repasar esa historia en Vigo, la manipulación de Paco que ni sospeché y mi huida de ese departamento, apresurado por unas calles en las que ya no llovía pero yo me llenaba de preguntas y vergüenza rumbo al aeropuerto.
Tardé 14 años y, además, necesité el comentario de una mujer para tratar de imaginar cómo habría sido y qué significaría para una mujer lo que para mí, al final, fue una incomodidad que terminó en anécdota.
Y ahora, esto
Hablando de incomodidad, hace tres semanas estaba en una playa cercana a casa, en Grecia. Eran las 9 de la mañana y había hecho una pausa al volver de dejar a mis hijos en el jardín de infantes. Caminé por la arena y me senté a mirar el mar. No había nadie. Al regresar al auto, noté a un tipo a mitad de camino. Al pasar a su altura, noté que se había bajado los pantalones y, mirándome, se estaba masturbando.
Seguí hacia el auto. Justo cuando me iba, veo que el tipo aparece y, apurado, se acerca, haciendo señas para que tengamos sexo. Era grotesco, absurdo e invasivo. Bajé la ventanilla y, a la distancia, usé mi griego básico: “Γεια, καλημέρα, όλα καλά;” (Hola, buenos días, ¿todo bien?). El tipo seguía acercándose, gesticulando con las manos y la boca abierta.
Si a mí, que estaba arriba del auto y soy varón, me incomodó y un poco me asustó la situación, ¿qué hubiera pasado si hubiera estado ahí una mujer? Quise hablar, pero no sabía cuál sería su reacción. Pensé que si se complicaba podría escaparme e ir a la policía. Recordé a Mike Tyson: “Everyone has a plan until they get punched in the mouth (Todos tienen un plan hasta que les dan una piña en la boca)”.
Así que me fui, sin un golpe, pero con impotencia. Porque ponéle que él creyera que a mí me interesara una aventura matutina, ¿en qué momento alguien cree que esa es la manera de acercarse y que ese otro —un ser humano— puede sentirse seguro y con deseo frente a un desconocido que deja de pajearse para correr detrás tuyo y hacerte señas de que quiere que se la chupes?
…
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Este es un temón Nacho. Trabajo con niños y especialmente a los mayores, pre adolescentes, los veo vulnerables y muchas veces sin adultos confiables
con los que hablar de estas cosas que siguen siendo difíciles de abordar. Aún cuando sus padres son jóvenes y “abiertos”. Hacen falta más espacios para pensar sobre estos temas. Tu Recalculando es una buenísima oportunidad . Gracias por eso
Gracias por abrir nuevamente tu sensibilidad, tu vulnerabilidad, siempre.me ilumina con nuevos puntos de vista del lado de los hombres que no los había contemplado.