Estrellas en el cielo, memoria en la tierra
Un texto de ahora, uno de hace 11 años, otro de hace un año. Seguimos en diálogo con nuestros antecesores. En la muerte, algo sigue vivo. El Rey León. Me saqué un 2. La nostalgia y la huella.
En pocos días se cumplen dos aniversarios: el 85° natalicio de mi vieja y los 13 años que pasaron desde la última respiración de mi viejo. Hay días que me olvido que ya no están, que pienso en ellos como si pudiera visitarlos. No hay tristeza ni nostalgia: es así.
En otros momentos siento impotencia porque mis viejos ya no estaban cuando nacieron mis dos hijos. Pero Lorenzo alivia eso muchas veces. De hecho, me emociona cuando dice algo que se le ocurrió a los tres años: “A tus papás los conocí antes de nacer, cuando yo era una estrella”.
Eso viene de El Rey León, cuando Mufasa le dice a Simba que al mirar las estrellas, los grandes reyes del pasado los observan desde allí y siempre estarán ahí para guiarlo. Una frase que sugiere que una vez muertos, los seres queridos siguen presentes y ofrecen guía. Que no están en la tierra pero se convierten en estrellas y nunca desaparecen. Un poco de consuelo en una película —por momentos cruel— que vi por primera vez con Lorenzo.
No sé si Lorenzo piensa en mis viejos como estrellas, pero sé que habla de ellos como si los hubiera conocido. Sus abuelos argentinos, para él, son lo que yo le conté. En su reinterpretación de El Rey León, él fue una estrella antes de nacer y desde ahí vio todo: además de a mis padres, también vio a los dinosaurios, el Big Bang y a Maradona.
Todo esto para introducir algo que escribí hace más de diez años, en octubre de 2014, cuando aún no sabía que sería padre —faltaban cinco años—, pero ya era un hijo sin padres. Aquí está el texto que encontré entre mis archivos.
Mañanas
La mañana helada. La escarcha en el parabrisas. El agua hirviendo. El hielo que se derrite. Las tostadas que se queman. El cuchillo que raspa sobre lo quemado. Los padres apuran el paso. Los hermanos que no se despiertan. Un grito. El padre silba. Otro grito de la madre. El café está listo.
Los cuatro hermanos claman por cinco minutos más entre las sábanas. Uno de ellos tiene ventaja: durmió vestido para ganarle tiempo a la mañana.
La radio, siempre en FM Horizonte, marca el ritmo. Un tal Martín Wullich cuenta una breve historia -sobre el origen del dinero- que cierra diciendo, con su inconfundible cadencia: “Mientras tanto... aquí, en la gran ciudad... una nueva hora comienza”. Y suena un clásico: Alphaville canta “Forever young”.
El padre insiste: "¡A desayunar, que me voy!". Se oye la voz de la madre, austera, dando instrucciones firmes. Parece que hasta el sol le obedece. Los hermanos, ahora sí, saben que se hará tarde si no saltan de la cama.
En la cocina, todos mastican. El crujido de las tostadas. La mermelada casera. El silencio de la mañana desangelada. Los padres agitan, interrumpen el letargo de sus hijos. La madre les anticipa algo que nunca hará, pero que ellos temen: “Esta noche, les corto con una tijera el cable de la televisión, así se van a dormir temprano”. Los hijos bostezan.
El padre afirma, una vez más: "Ahora sí que es tarde". Cada mañana se hace tarde. Siempre es tarde. El tiempo es una zanahoria inaccesible, que va siempre por delante. El tiempo nunca alcanza.
Todos, menos la madre, arriba del auto. Camino al colegio. El silencio también se sube al auto. Pasan las cuadras y nadie habla. El padre acelera de golpe, frena, acelera. No toca bocina. Nunca. O casi nunca, pero no es sencillo recordar cuándo.
Faltan cinco cuadras para llegar al colegio. El hijo menor musita algo. “¿Qué?”, pregunta el padre. Ya falta menos. “Papá, me tenés que firmar algo”. La respuesta es el silencio. El padre se concentra en el parabrisas y, es probable, en una agenda que encadena las interminables tareas del día.
Se amontonan los autos en la puerta del colegio. Estacionan en doble fila. El menor piensa que tal vez puede falsificar la firma: “Otros lo hacen”, se justifica, pero no lo dice ni se anima a hacerlo. Y susurra: “Papá, ¿me firmás la libreta de notas?”.
El padre no entiende: “¿Qué?”. El hijo reitera. El padre pregunta por qué no le avisó antes, suspira y toma la libreta entre sus manos. La abre y entrecierra los ojos. Fuerza la vista. Rezonga, firma, y dice: “A ver, ¿qué notas sacaste? Porque sin anteojos no veo de cerca”.
-Un dos...
-¡¿Cómo que un dos?! -se sorprende.
-Me tomaron algo que justo no había estudiado.
-¿Y mamá sabe? -pregunta, monocorde, sin levantar la voz.
-Papá, dale, se hace tarde.
-No, así no... A la noche lo hablamos -advierte, serio.
Sin decir nada, el menor se baja del auto. Respira, aliviado. Su plan volvió a funcionar. Algo, igual, lo deja confundido. Cuando pasen los años, lo tendrá más claro: le pesaba la certeza de que “esa noche”, perdida en los tiempos, no llegaría. Nunca llegó.
Ahora me doy cuenta de que este texto de 2014 es hermano de otro que escribí a inicios del año pasado, y que muchos de ustedes probablemente no hayan leído:
La nostalgia y la huella
En un episodio de nostalgia sin precedentes, antes de preparar el desayuno busqué en Spotify: “FM Horizonte”. Y sí, hay más de una playlist con la música de la radio que ponía mi viejo por las mañanas. ¿Por qué la busqué?
Esto lo escribí ya siendo padre, pero retomando el rol de hijo por un rato y descubriendo cosas de mis viejos. La música, los hábitos y la crianza. Y me pregunto: ¿Ahora cuesta más que antes ser padres? ¿Qué les quedará a mis hijos?
Me gustó lo que entonces comentó Laura, una lectora y amiga:
“Lo que recibimos como hijos no termina en lo que compartimos con nuestros padres... y aunque ellos ya no estén, sus decires, quehaceres y modos de vincularse forman vivencias que vuelven de modos sorpresivos a nosotros. Siempre seguimos en diálogo con nuestros padres y antecesores. Y vemos después que nuestros hijos toman sus vivencias de cada etapa de la vida y las vuelven a pensar, y también les brotan como modos de ser, sentir e interpretar las cosas. Es conmovedor ver en nosotros y en ellos que algo de nuestros mayores sigue vivo.”
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Nacho
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Ta léme, ogro tierno
El lunes llevaba a Lorenzo en la bici por las calles de Cambridge, donde acabamos de mudarnos. Mientras íbamos a una oficina de la Universidad de Harvard, imaginaba nuestra vida familiar en Boston en los próximos diez meses.



"Sus abuelos argentinos, para él, son lo que yo le conté". Y sí Nacho, así como mi abuelo italiano (que no conocí porque murió cuando mi mamá tenía 4 años) es el que me contó mi nonna, vi en algunas fotos sepia o blanco y negro, que años más tarde -por una tarjeta que encontré en una carpeta- pude llegar hasta el edificio de Génova donde tuvo su oficina hace exactamente 100 años, el mismo que le escribía cartas a mi abuela cuando ella pasaba temporadas en un pueblito en las montañas, cartas que estaban en la misma carpeta y hoy que las estoy traduciendo las leo sorprendido porque de ese pueblito no me habían contado nada...aunque esas letras manuscritas en 1925 lo están haciendo. Un gusto leerte como siempre, abrazo
Los hijos y los nietitos, a los grandes nos mantienen en el fluir de la vida, de la amorosidad, en la posibilidad de redescubrir la curiosidad y el interés en los temas importantes. ¿qué es la vida? ¿cuál es nuestro propósito?
Y la ausencia de los mayores, como vos contás, Nacho, nos trae nostalgia, esto de sentir que hermoso habría sido compartir con ellos. Por eso adhiero a la interpretación de Lorenzo, de que ya conocía a sus abuelos cuando él era una estrella. Esta es nuestra dulce utopía, y no vamos a renunciar a ella.